Dicen que hay un lugar donde el tiempo se disuelve y las llamas murmuran secretos.
Un círculo invisible que solo se revela a quienes entienden que el fuego no es materia, sino espíritu. No se enciende para servir, sino para recordar.
Desde los primeros días de la humanidad, el fuego habló un idioma que todos comprendieron sin aprenderlo. Frente a él nacieron las alianzas, los sueños y los silencios que aún vibran en la memoria del mundo.
La Sociedad del Fuego rescata esa voz antigua y le devuelve su propósito: ser vínculo, ser energía, ser símbolo, ser uno.
El ritual comienza con el encendido.
Su sonido ancestral, la danza de colores.
No es solo una chispa; es la unión del aliento, la intención y el misterio.
La paciencia guía el gesto, la pasión lo sostiene. En ese instante, la llama se vuelve testigo y guardiana.